Comer también es una experiencia: lugares para empezar a probar cosas distintas
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A veces uno no necesita viajar lejos para probar algo diferente. A veces basta sentarse en una mesa distinta, pedir algo que no sea lo de siempre y dejar que el paladar haga su trabajo.
Comer también es mirar. Mirar una carta, una salsa, una masa, una bebida, una textura. Darse cuenta de que un plato no solo se recuerda porque “estaba rico”, sino porque tenía equilibrio, porque sorprendió, porque fue fresco, porque tuvo carácter o porque nos mostró una forma distinta de usar ingredientes que creemos conocer.
En Zoco nos gusta pensar que la comida también educa. Uno aprende probando. Aprende cuando entiende por qué una salsa levanta un plato, por qué una acidez hace que todo se sienta más vivo, por qué una masa bien hecha puede ser suficiente o por qué una especia cambia completamente la lectura de una comida.
Por eso quisimos abrir esta conversación en la Academia del Sabor con algunos lugares que hemos probado, que nos gustaron y que nos parecen una buena forma de empezar a comer con más curiosidad.
No es un ranking.
No son “los mejores restaurantes”.
No es una crítica gastronómica formal.
Es más sencillo: fuimos, probamos, conversamos, algo nos quedó sonando y queremos compartirlo.
Quimera: sabores intensos para una tarde sin afán
Quimera nos pareció una buena entrada para quienes quieren probar sabores diferentes sin sentirse en un lugar complicado o demasiado solemne. Tiene algo importante: no se siente pretencioso, pero sí tiene intención. Es un lugar para sentarse sin afán, pedir varias cosas al centro y dejar que la mesa se arme poco a poco.
Fuimos en plan de tardeada, más a mecatear que a hacer una comida formal, y creo que esa es una buena forma de entenderlo. No necesariamente como una cena estructurada de entrada, fuerte y postre, sino como una mesa de sabores para compartir.
El trío de hummus fue uno de los platos que más nos gustó. Nos pareció interesante porque parte de una misma base, pero cada versión cambia la experiencia. Eso es algo muy bonito en cocina: cuando un ingrediente sencillo se transforma por el uso de especias, acidez, textura o acompañamientos. No era solo “hummus en tres colores”, sino una forma de mostrar cómo una misma preparación puede tener distintos acentos.
Las papitas con tzatziki también funcionaron muy bien como entrada. La papa frita tiene esa parte familiar y fácil, pero el tzatziki le da frescura, acidez y cremosidad. Es un plato sencillo, sí, pero bien pensado para abrir el apetito sin sentirse pesado.
El shawarma de cordero fue quizá el plato con más carácter. El cordero ya tiene una personalidad marcada, pero lo que realmente hizo que el plato se sintiera distinto fue el sumac. Esa acidez especiada, un poco frutal, un poco seca, le dio profundidad y evitó que el plato se volviera plano o demasiado graso. Es el tipo de detalle que nos encanta encontrar: una especia que no está puesta solo por decorar, sino porque cambia el balance del plato.
Para tomar, probamos cerveza y sidra. La sidra estaba un poco dulce para nuestro gusto, pero igual nos pareció una nota distinta dentro de lo que normalmente se encuentra en Colombia. A veces no se trata de que todo sea perfecto, sino de que algo abra una conversación diferente en la mesa.
Quimera nos gustó porque la experiencia tuvo coherencia: sabores intensos, platos para compartir, especias presentes y una sensación de cocina de otra cultura sin volverse lejana. Es una buena puerta de entrada para quienes quieren salir un poco de lo habitual y probar algo con más golpe de sabor.
Il Giardino: la calma de una buena masa
Il Giardino entra en otra categoría. No lo sentimos como un lugar de sabores explosivos ni de platos que buscan sorprender a toda costa. Más bien lo sentimos como un espacio amable, de cocina conocida, donde el valor está en sentarse, compartir y pasar un buen rato alrededor de una mesa italiana.
Probamos focaccia y pizza.
La focaccia estaba rica, y en ese tipo de preparación lo importante no es únicamente el sabor, sino la textura: una buena focaccia debe sentirse generosa, con esa miga aireada, ese punto de aceite y sal que la hace simple pero antojable. Es un plato que recuerda que la cocina italiana, cuando está bien entendida, no necesita demasiados elementos para funcionar.
La pizza estuvo muy buena. No diríamos que fue la pizza más memorable que hemos probado, pero sí una pizza bien lograda para compartir. A veces uno espera que todo sea extraordinario, y no siempre tiene que serlo. Hay experiencias que valen porque cumplen bien su promesa: una buena masa, un ambiente agradable y una comida que se presta para conversar.
Il Giardino nos parece una buena opción para quienes quieren probar algo diferente sin alejarse demasiado de una cocina familiar. No exige mucho del comensal. No intimida. Es un lugar para ir con amigos o familia, pedir al centro y dejar que la conversación haga parte del plan.
No todos los restaurantes tienen que ser una revelación. Algunos funcionan porque son cómodos, porque tienen una propuesta clara y porque ofrecen una mesa sencilla pero bien puesta.
Chabuca: acidez, mar y platos que despiertan el paladar
Chabuca fue una de las experiencias más completas de este recorrido, especialmente porque fuimos en grupo grande. Éramos seis personas, pedimos platos distintos y eso nos permitió ver mejor la cocina desde varios ángulos.
La atención fue muy buena, y eso no es un detalle menor. Cuando una mesa es grande, el servicio puede volverse confuso: tiempos distintos, platos que llegan tarde, pedidos especiales, preguntas, cambios. En este caso la experiencia fluyó bien, nos atendieron con paciencia y el ambiente se sintió cómodo y tranquilo.
Los platos que más destacaron fueron los de mar.
La cocina peruana tiene algo muy especial: entiende muy bien la acidez, los caldos, las salsas, las texturas y el punto del pescado. Cuando eso funciona, el plato se siente fresco, vivo, con capas.
El ceviche limeño fue uno de los mejores ejemplos. Lo recordamos fresco, cítrico y perfecto para el calor que hacía ese día. La leche de tigre estaba bien integrada, con esa acidez que despierta sin tapar el sabor del pescado. La cebolla estaba en buen punto: crujiente, presente, pero sin ese sabor pasado o invasivo que puede dañar un ceviche. Había contraste de texturas, pero sin desorden.
También probamos chupe y parihuela. Ambos tenían algo que valoramos mucho en este tipo de platos: un caldo justo. Aromático, con sabor, pero sin sentirse pesado ni excesivo. En platos así, el caldo es casi el protagonista. Debe tener profundidad, pero también limpieza. Debe sentirse trabajado, pero no saturado.
El pulpo salteado también estuvo muy bien. La textura del pulpo es difícil: si se pasa, queda cauchudo; si le falta, puede sentirse crudo o incómodo. Este estaba suave, fresco y en buen punto. Venía con un puré de papa y arracacha que aportaba una textura distinta, más cremosa y amable, con ese dulzor suave de la arracacha que acompañaba muy bien el sabor del mar. La salsa del tentáculo fue de esos detalles que se quedan en la memoria: intensa, sabrosa, bien conectada con el plato.
La ensalada era más básica, pero cumplía su función: limpiar un poco el paladar y no competir con el pulpo.
El seco limeño, aunque estaba rico, fue el plato que menos destacó frente a los demás. No porque estuviera mal, sino porque al lado de los platos de mar se sentía menos expresivo. En una mesa donde había ceviche, caldos marinos y pulpo bien trabajado, era difícil competir.
Chabuca nos parece una excelente puerta de entrada para quienes quieren acercarse a la cocina peruana. No solo por el sabor, sino porque muestra algo muy importante: una cocina que sabe usar la acidez, el ají, el mar, la papa, los caldos y las salsas para construir platos con mucha vida.
Instinto Coffee House: café, postres y desayunos para ir con calma
Instinto Coffee House es otro tipo de experiencia. No es tanto una comida larga como una pausa: café, postre, conversación, algo dulce o un desayuno generoso para empezar el día sin afán.
El café nos pareció muy rico, aromático, con notas florales y una preparación cuidada. Eso sí, si lo piden con leche y no les gusta el café dulce, vale la pena aclarar desde el principio que lo quieren sin azúcar. A veces ese detalle cambia completamente la experiencia, especialmente cuando uno quiere sentir mejor las notas propias del café.
También recomendamos ir con tranquilidad por los postres. Están bien presentados, son ricos y se sienten pensados para acompañar la experiencia del café, no solo como algo dulce puesto al lado de la taza. En un café, la presentación importa: no como decoración vacía, sino como parte del cuidado de la experiencia.
Además, Instinto tiene una muy buena oferta de desayunos. Son platos llenadores, agradables, con diferentes texturas y combinaciones que hacen que la experiencia se sienta más completa. Es una buena opción para quienes quieren algo más que un café rápido: un desayuno rico, una bebida bien preparada y un momento para sentarse con calma.
Nos parece interesante porque ayuda a mirar el café desde otro lugar. No solo como una bebida de paso, sino como una experiencia: la taza, el aroma, el postre, el desayuno, la presentación, la conversación, el ritmo.
Instinto puede ser una buena entrada para quienes quieren empezar por algo cercano: un buen café, un postre bonito o un desayuno generoso. No hay que enfrentarse a una carta compleja ni pedir algo desconocido. Basta dejar que una pausa cotidiana se vuelva un poco más especial.
Probar cosas nuevas no tiene que ser complicado
A veces pensamos que probar cosas distintas significa ir a un lugar rarísimo, pedir algo que no entendemos o salirnos completamente de lo que nos gusta. Pero no siempre es así.
Puede empezar con un hummus servido de tres formas.
Con una focaccia.
Con un ceviche fresco.
Con un shawarma donde una especia cambia todo.
Con un caldo peruano bien hecho.
Con un café aromático, un postre bien presentado o un desayuno que juega con distintas texturas.
Para nosotros, esa es una buena forma de entrenar el paladar: salir, probar, conversar, comparar y volver a casa con ideas.
Porque comer también es una experiencia.
Y a veces una buena forma de empezar a conocer sabores nuevos es simplemente sentarse en una mesa distinta y dejarse sorprender.